El G8, el G192 y las salidas de la crisis

Un año más, los dirigentes de los ocho países más poderosos del planeta se han reunido la semana pasada para articular estrategias e intercambiar sus recetas neoliberales frente a la crisis. Toman decisiones que rara vez transcienden, al contrario que la gran difusión que reciben los mensajes mediáticos que emiten al final de los encuentros, dirigidos a escenificar su pretendida sensibilidad social con los más desfavorecidos. Esta vez en Italia le ha tocado a la lucha contra el hambre en el mundo y ante la amenaza de crisis alimentaria se han comprometido a crear un fondo de 20.000 millones de dólares en un período de tres años, con el apoyo de media docena de países emergentes “invitados” a la cumbre, entre ellos España. Es evidente que se trata de una cantidad ridícula para la magnitud del problema, pero aún así está por ver si por una vez cumplen los compromisos adquiridos.

En la cumbre del G8 en L’Áquila se han abordado temas que en principio afectan al conjunto de la humanidad, como es la necesidad de abordar una agenda global, o los problemas del cambio climático, pero hay que subrayar que los países más ricos han ignorado totalmente la Resolución de la Conferencia de Naciones Unidas sobre la crisis financiera y económica mundial y sus efectos en el desarrollo, celebrada del 24 al 26 de junio de 2009 en la Sede de Nueva York. Lógico si se sabe que este club privado que es el G8 ya hizo todo lo posible por boicotearla. 

Sin embargo, la Conferencia de Naciones Unidas sobre la crisis financiera puede tener más trascendencia para la mayoría de la población que muchas cumbres del G8. Sin duda es un proceso que conviene apoyar,  aunque sea de forma  crítica, para hacer ver a la sociedad que el marco internacional legítimo para debatir la crisis y sus salidas no es el G8 ni el G20, sino el G192, en una ONU que por supuesto ha de ser reformada, pero que hoy por hoy es de los pocos foros mundiales – si no el único- donde los gobiernos, sin exclusiones,  pueden plantear sus exigencias.

Es cierto que los pasos dados en el proceso abierto por la Conferencia de la ONU, tanto en sus trabajos preparatorios y como en la Resolución que ha conseguido aprobar, resultan muy insuficientes. El informe Stiglitz [1] , base argumental de las propuestas de reforma del Sistema Monetario y Financiero Internacional que plantea el Presidente de la Asamblea General (PAG), ataca la deriva neoliberal del capitalismo, pero no la esencia de éste. Y las 6 líneas prioritarias de acción que la Propuesta de Resolución remitida por el PAG el 8 de mayo [2] se quedan extremadamente cortas. Los estímulos globales propuestos, por ejemplo, aceptan la lógica del insostenible modelo de desarrollo global actual y vuelven a basarse casi exclusivamente en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Rechazable es también su propuesta de proceder a una simple reestructuración de la Deuda, y la de plantear los Derechos Especiales de Giro (DEG) como nuevo sistema de Reserva Monetaria Mundial, lo que implica reforzar al FMI, sin tan siquiera contemplar una reforma en profundidad de esta institución, y mucho menos su sustitución, como muchos defendemos.

Aún con estas limitaciones, el proceso puesto en marcha por Naciones Unidas merece un apoyo efectivo y visible  desde los movimientos sociales para terciar en la pugna que el PAG está manteniendo con los Gobiernos del G8 e incluso del G20. La preparativos de la Conferencia han dado buena muestra de las maniobras de intimidación que ha sufrido Miguel D’Escoto como PAG y que se concretaron en la sesión del 8 de mayo cuando el grupo de representantes de los países occidentales se rebeló contra la Propuesta de Resolución que les presentó el PAG. El propio “cofacilitador ” holandés que había ayudado al PAG a elaborar el Documento de Recomendaciones de 29 de abril [3] se puso a la cabeza de la rebelión argumentando que el documento que D’Escoto presentaba a la AG no era el que él había ayudado a confeccionar sino uno diferente, y acusándole abiertamente de no reflejar el resultado de las negociaciones entre el PAG y los Estados. En esa sesión del 8 de mayo, el Padre Miguel , pese a argumentar que la Propuesta de Resolución reflejaba el sentir de la mayoría de los países miembros de la ONU, perdió claramente la confrontación con los países ricos, que le forzaron no solo a retrasar la Conferencia del primeros a fines de junio, sino a sacar un segundo Borrador de Resolución [4] , muy modificado, para ser sometido a discusión.

La Conferencia de la ONU de finales de junio sobre la crisis no ha sido pese a todo un fracaso, como muchos países occidentales deseaban. Es verdad que el intento del PAG de que se desarrollase al más alto nivel ha estado lejos de cumplirse, cuando apenas ha logrado la asistencia de una decena de jefes de estado o de gobierno. Pero D’Escoto y muchos países que le han apoyado han logrado abrir –y dejar abierta- una importante puerta: los temas económicos de importancia para el futuro de la humanidad, y la crisis global nadie duda que es uno de ellos, no serán ya debatidos sólo por los gobiernos de un club exclusivo y excluyente como es el G8, aunque se haya disfrazado por las circunstancias y desde 2008 en otro club algo menos cerrado, el G20. Así, el G192 que es la AG de la ONU ha aprobado una Resolución final de la Conferencia sobre la crisis que pese a haber sido muy rebajada por las negociaciones supone un paso en la buena dirección, pues no solo califica a la crisis de global, en la línea en muchos han venido previniendo desde hace años al conjunto de la sociedad del carácter mundial del peligro, sino que la ONU reconoce igualmente la multiplicidad de las dimensiones afectadas por ella: es una crisis financiera y económica pero también una crisis social y ambiental. Incluso de valores.

Muchos pensamos en la crisis global como en un momento de oportunidad para acelerar la transformación social, tanto en nuestros respectivos países como en las desequilibradas relaciones internacionales. Por utilizar un símil informático, cuando se nos bloquea el ordenador es el momento de apagar y volver a encender, pero si sucede muchas veces lo que hay que hacer es dotar al aparato de un sistema operativo nuevo: es en lo que pensamos cuando se propone un nuevo paradigma económico. El marco de Naciones Unidas ofrece en estos momento unas oportunidades políticas difíciles de ignorar por los movimientos sociales y los gobiernos más progresistas. Es un espacio aceptable donde establecer alianzas y consensuar unas exigencias fundamentales a escala económica, social y ecológica para conseguir un mundo más justo y sostenible. Empezando, por ejemplo, por la implantación de impuestos globales que hagan disponibles a la humanidad unos bienes públicos también globales. Y continuando por establecer un freno duradero a la financiarización y mercantilización de las relaciones humanas, avanzando hacia un sistema poscapitalista basado en la satisfacción de las necesidades de las personas y de los pueblos y en el respeto de los Derechos Humanos y de la Naturaleza.

Ricardo García Zaldívar es Coordinador del Consejo Científico de Attac España.

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